24.10.05

Liderazgos indígenas en Ecuador: Cuando las elites dirigentes giran en redondo (1ª parte)

Publicado en Saltabrechas

Autor/a: Roberto Santana Ulloa

La Confederación de las Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) y otras organizaciones indígenas y sociales del Ecuador deliberan y despliegan mucha actividad desde fines de diciembre del 2003 con vista a la preparación de movilizaciones en contra de la política del Presidente Gutiérrez, las cuales, en la idea de algunos líderes, deberían tener como objetivo provocar incluso la dimisión del gobernante. Recordemos que el gobierno acaba de cumplir su primer aniversario. De suceder esta alternativa límite, sería la tercera vez que en un corto espacio de siete años el movimiento indígena habría contribuido a la interrupción prematura de gobiernos legítimamente constituidos, siguiendo una dinámica que parece haberse instalado como un ritual de la política ecuatoriana.

Recordemos que en ese mismo lapso de tiempo el país ostenta el récord de cinco presidentes (tres de los cuáles cesan su presidencia por presión de los movimientos sociales indígenas). Esta alta inestabilidad del sistema político obliga a preguntarse a qué juegan verdaderamente los diferentes actores políticos y en particular a qué juega el movimiento indígena, omnipresente en la escena política del país en los dos últimos decenios y, porqué no decirlo, convertido en el principal hacedor y enterrador de gobiernos.

Una respuesta no convencional a estas interrogantes obliga necesariamente a un cuestionamiento de fondo y no solamente estructural y circunstancial del quehacer político del liderazgo indígena; un ejercicio hasta ahora eludido por los analistas, sea por interés político o por solidaridad con quienes por muy largo tiempo estuvieron completamente excluidos de la historia ecuatoriana, sea por sentirse desarmados frente al argumento del “victimismo histórico” esgrimido por los líderes indígenas (“500 años de dominación, de explotación y de discriminación”). Creo, sin embargo, que esas no son razones para que los actores políticos indígenas no sean objeto, como todos los demás actores de la escena política, de observación y de análisis objetivos de sus discursos y de sus prácticas. Ello no puede ir sino en su propio interés.

Yo voy a intentar el ejercicio, comenzando por un poco de historia, la historia de un movimiento que emerge con dificultades pero bajo los mejores auspicios, que se fortalece orgánicamente y se legitima como actor en el escenario nacional, pero que luego se empantana políticamente y es amenazado de disgregación por carecer de una visión realista del futuro.

1- DE LOS ÉXITOS Y DE LAS PROMESAS (AÑOS ’70 – ’90)

Las consecuencias de potenciar la variable étnica

Una movilización política sostenida a lo largo de un cuarto de siglo había permitido a las poblaciones indígenas de Ecuador contar, ya a comienzos de los años ‘90, con un andamiaje organizacional de los más densos y de los más vivaces que existen en el continente. Casi 3000 organizaciones de base (entre comunas, cooperativas y asociaciones), 126 organizaciones de segundo grado (OSG - uniones y asociaciones) y 17 federaciones de tercer grado (regionales) se encontraban principalmente entre la Sierra y la región amazónica. Por encima de ese entramado una Confederación Nacional, la CONAIE, se había legitimado como ampliamente representativa, instalándose durablemente en el escenario político del país.

La construcción de este potente dispositivo tuvo lugar principalmente en la década de los ‘80, es decir, en un período que en general no fue favorable en América Latina para la progresión de los sectores populares. El contexto nacional e internacional estaba marcado por la crisis del modelo de acumulación y por los impactos negativos de la transición a las políticas neo-liberales.

En el 1r Congreso de Antropólogos ecuatorianos celebrado en Quito en 1996, haciendo el balance de la “década ganada” por los indígenas, yo tuve oportunidad de decir lo siguiente:

“Como consecuencia de una considerable acumulación de experiencias, de contactos con el exterior, de formación de líderes y de preparación de los miembros de grupo de base, puede decirse que a fines de los años 80 las comunidades tanto serranas como amazónicas muestran que un verdadero ‘salto histórico’ ha tenido lugar tanto desde el punto de vista de los ritmos como de las modalidades del desarrollo. Un escenario inédito aparece, donde la novedad es la apertura hacia el exterior, la disposición a la innovación organizacional y tecnológica, a la adopción de nuevos sistemas productivos. Yo creo no exagerar diciendo que quién visita hoy las comunidades queda sorprendido por el accionar de hombres y mujeres que buscan soluciones, se plantean cuestionamientos, discuten, van a ver lo que ocurre en otros lados, se consagran a las tareas de la organización...”

Esto era dicho en aquél momento, no solamente para sostener que todo no era negativo en el período de la globalización, sino también para sugerir el interés de la parte de los líderes indígenas de abrir un debate sobre las líneas estratégicas que podrían permitir una consolidación de lo avanzado hasta allí por las poblaciones indígenas.

Los éxitos de los indígenas ecuatorianos venían a desmentir a aquéllos que todavía a fines de los ‘70 no creían para nada que potenciar la variable étnica en el seno de los diversos campesinados indígenas podría, algún día, aportarles beneficios tanto sobre el plano político como sobre el plano material.

Una visión positiva de la globalización

La progresión política india había venido a desmentir el pesimismo generalizado de aquélla época. Esto había sido posible en gran parte gracias a la globalización. En el Congreso de Antropólogos ya citado, yo llamaba la atención sobre esta circunstancia que me parecía esencial:

“Si pensamos bien el camino realizado por los movimientos étnicos en Ecuador, algunos hechos vienen a señalar un cierto paralelismo, sino una relación de causa a efecto, entre la expansión del fenómeno de la globalización, la adopción de las políticas neo-liberales a escala internacional y la emergencia de una vigorosa modernización étnica. Conviene reflexionar a propósito de ciertos puntos controvertidos, aún a riesgo de ir a contra-corriente de la diabolización a priori de las nuevas estrategias internacionales del capital. Por ejemplo, el instrumento privilegiado por el neo-liberalismo para intervenir en el dominio de lo social/marginal o de lo social/étnico ¿no han sido acaso las ONGs?, es decir, esos mismos organismos que, con más o menos eficacia, son sin lugar a dudas los que más han contribuido a dinamizar las sociedades autóctonas. Y sin embargo, debe decirse que ellas son el primer producto institucional exportable desde los centros del neoliberalismo para atender las periferias. Producto por excelencia de la transnacionalización. Otra interrogación: ¿cómo se explica que en la historia indígena ecuatoriana pueda claramente reconocerse un tercer período de intensa actividad organizativa precisamente cuando la política oficial reinante es aquélla del proyecto neo-liberal? Los dos períodos organizativos anteriores fueron: aquél que viene inmediatamente después de la ley de comunas (1937) y el que corresponde al período más activo de la reforma agraria, entre 1965 y 1977”.

En fin, yo agregaba otro ejemplo: con la reactivación de la actividad petrolera privada llevada a cabo por las firmas multinacionales, campeonas por excelencia del neo-liberalismo, los grupos indígenas mas dispersos y periféricos de la Amazona, acosados y obligados por las circunstancias a la defensa de sus territorios y a buscar nuevas formas de supervivencia, se dotaron de organizaciones "modernas" y obligaron a las firmas a pagar compensaciones y a negociar con ellos un modus vivendi. Había que preguntarse si las mismas concesiones habrían podido ser acordadas por el "Estado petrolero" en el contexto del modelo con monopolio estatista sobre la explotación del recurso.

Andando con los dos pies, otro tipo de revolución

Es cierto, los indios no habían hecho la revolución, utopía esperada por algunos, pero era ya un éxito considerable que en medio de una de las crisis más profundas y más durables de la economía ecuatoriana, con el apoyo venido del exterior ellos habían sabido organizarse, se habían instalado durablemente en el espacio público, habían mejorado algo sus condiciones de vida, pero sobre todo parecían haber aumentado sus perspectivas en términos de desarrollo.

Las vías sobre el camino de la modernización parecían abiertas a todos los grupos étnicos, gracias a una estrategia de "andar con los dos pies", es decir, por un lado promoviendo la dinamización de la sociedad indígena local y, por otro, desarrollando sus capacidades para devenir un interlocutor insoslayable del sistema político nacional. Así, la necesidad de la modernización de las sociedades autóctonas fue puesta por todas partes a la orden del día, sin que ello significase renunciar a la identidad sino, muy por el contrario, considerando que ésta debería permitir potenciar ese proceso.

La identidad indígena, había salido fortalecida de este primer período e iba a reforzarse mucho más en los años ‘90, como consecuencia de conquistas fundamentales obtenidas sobre el plano constitucional (reconocimiento de las nacionalidades indígenas, carácter “plurinacional del Estado ecuatoriano”), de las reformas jurídicas y administrativas ligadas a los derechos culturales (generalización del bilingüismo, reformas relativas al registro civil, etc.), de la creación de organismos estatales para indígenas (de desarrollo, de educación bilingüe, culturales), de una descentralización que permite a los indios el control político y administrativo de diversas provincias y numerosos cantones, y, por fin, una representación parlamentaria: El partido Pachakutik.

Ningún país de América Latina ha conocido tantos avances. De tal manera que, en cuanto al reconocimiento constitucional y jurídico de la identidad y de la diversidad cultural los indígenas ecuatorianos habían conquistado ya lo esencial.

…Pero, ¡sorpresa!, esos progresos no lo han resuelto todo: llegado el año 2000, la cuestión de la pobreza y la necesidad del desarrollo seguía siendo el foco del descontento y de la inestabilidad política.

2- NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE (TAMBIÉN AÑOS ’70 – ’90)

La gran paradoja: éxitos políticos sin desarrollo

El balance a fines de los años 1990, se presta menos al optimismo, puesto que las promesas de desarrollo contenidas en la evaluación positiva del decenio precedente no se transformaron en realidad y, por el contrario, el panorama indígena político y material se ha desmejorado considerablemente en muchos aspectos.

El resultado más perturbador de lo acontecido en la última década del siglo es constatar que la fuerte presencia indígena en el escenario político nacional y las conquistas logradas sobre los aspectos constitucionales y legales del reconocimiento de la diferencia, son acontecimientos positivos que por desgracia no fueron acompañados de desarrollo económico en las comunidades. La causa principal de esta paradoja está en la inmovilidad que imprime al sistema económico la clase política nacional, frente a la cual el movimiento indígena aparece desarmado, pese a las apariencias.

La frecuencia con que sus organizaciones han estado en el centro de la actualidad ecuatoriana (levantamientos de 1990 y de 1994, contribución a la caída de los gobiernos de Bucaram y de Mahuad, corta participación en el gobierno del Presidente Lucio Gutiérréz) son elementos que, de cierta manera, han estado ocultando la incapacidad real del movimiento indígena liderado por la CONAIE y el Partido Pachakutik, a producir cambios profundos en la política nacional, y sobre todo a contribuir a una nueva estrategia para el desarrollo económico del país.

Años de emigración internacional masiva

Mientras el movimiento indígena organizado ganaba espacios políticos y era saludado y vanagloriado por todas partes, la población de las comunidades de la Sierra se empobrecía, a tal punto que en las regiones menos atendidas por las ONGs y por algunos programas nacionales o internacionales, la única solución imaginable por los miembros de comunidades fue la migración al extranjero al precio de hipotecar o de vender sus escasos bienes.

Las ciudades ecuatorianas, impedidas de ofrecer empleos como consecuencia de la crisis económica que golpeaba al país, fueron evitadas inteligentemente por los migrantes. Fue así como, por primera vez en su historia, Ecuador conoció en los años 90 una emigración internacional masiva de una fuerza de trabajo “bracera” salida de las comunidades, dirigida hacia los EEUU, a España y otros países. En algunos casos, como en Saraguro o Azuay, el proceso fue tan brutal que prácticamente desaparecieron de muchas comunidades los hombres de las categorías de edad yendo de los 17 a los 50 años. Muchas mujeres siguieron a los hombres.

El colapso de las economías campesinas de la Sierra se ha producido a pesar de que en los años 90 una nueva dotación de recursos vino en ayuda de las comunidades. Después del levantamiento de 1990 se produjo, en efecto, un nuevo período de redistribución de tierras, esta vez en el marco del programa "Fondo Indígena de Tierras", ejecutado por el FEPP (Fondo Populorum Progressio) y financiado mediante el mecanismo del canje de la deuda externa. Los resultados en términos de atribución de tierras muestran que una segunda reforma agraria, esta vez privada, tuvo lugar en la Sierra. En efecto, entre 1990 y 1996 fueron adquiridas y entregadas 409 362 hectáreas a las comunidades. En la provincia de mayor concentración de población indígena, Chimborazo, se distribuyó el 59,1% de esa superficie total, concentrándose las acciones de CESA en las áreas de Tixán, de Guamote y de San Juan.

Sin embargo, a fines de la década se constata que los proyectos montados sobre esta nueva base de recursos, tampoco lograron desalojar la pobreza campesina y que la migración rural siguió siendo fuerte.

3- PRIMERAS INTERPRETACIONES

¿Cómo interpretar esta sorprendente disimetría entre sobreinversión política y empobrecimiento general de la población indígena de las comunidades?

No puede haber treinta respuestas a esta cuestión. Hay que decir claramente que las cosas no podían, de ninguna manera, haber sido diferentes dado el caótico contexto político y macro-económico reinante en el país a lo largo de los 90, contexto negativo del cual el propio movimiento indígena debe hacerse en parte responsable, sacando las conclusiones de su política de oposición sistemática al cambio indispensable de modelo económico, a las reformas del Estado y de la administración.

En realidad, ni las ONGs ni el Estado han podido controlar las derivas del mercado, ni practicar en la Sierra otra cosa que la mera “asistencia social”, justo para evitar una hemorragia demográfica sin parangón, pero también al precio de estimular el oportunismo y las posiciones “victimistas” de los líderes de base.

En la evolución contradictoria de estas experiencias no puede dejar de subrayarse la responsabilidad de los activistas rurales y de los líderes de las organizaciones indígenas, cuya apuesta voluntarista fue jugar la carta de lo organizacional/étnico, trabajando con los viejos paradigmas en cuanto al desarrollo, dando al mismo tiempo la espalda a la necesaria articulación de lo local a lo global y por lo mismo subestimando los presupuestos indispensables a la construcción de una nueva economía.


CONTINUARÁ…

21:52:19

Memoria del futuro

Investigar, recuperar y comunicar la historia de las sociedades 'olvidadas', de las culturas orales y las realidades minorizadas, puede ser una herramienta para el desarrollo.

Analizar si el traspaso de la oralidad a la virtualidad es el camino más eficiente entre los dos tiempos –el de antes y el de mañana- es el "leit motive" de la MEMORIA DEL FUTURO.

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