15.06.05

LA SABIDURÍA: CENIZAS ESPARCIDAS EN EL AIRE (*)

Publicado en Escriben

Autor/a: Monica Ramoneda Rueda


Ficha Técnica del Artículo Original:
- Título: El Palacio de la Sabiduría
- Autor/a: Rafael Argullol
- Publicado en: El País (España)
- Idioma: español

Resumen del artículo:
Autor/a: Mónica Ramoneda Rueda
Cargo: Periodista Digital
Lugar: Barcelona

El 14 de abril del 2003, en plena guerra de Irak, la biblioteca de Bagdad, de nombre El Palacio de la Sabiduría, fue arrasada por el fuego. Cuatro días antes de la destrucción de la biblioteca, el Museo Arqueológico de la misma ciudad fue saqueado, víctima de un sórdido pillaje, hasta quedar solamente en pie unas paredes vacías.

La Biblioteca Nacional fue primero saqueada por ladrones profesionales, así como el museo. Esto lo demuestra, la aparición de obras robadas en el mercado internacional de libros y documentos antiguos, según Martín F. Yriart en su artículo 'Bagdad: Bibliocausto, memoricidio, impunidad'.

Pero luego fue incendiada intencionalmente para destruir sus contenidos, “lo que está demostrado - sigue diciendo Yriart - “por las evidencias del uso de granadas de fósforo blanco en su incendio”.

Robert Fisk, periodista británico especializado en Medio Oriente, presenció el saqueo e incendio de la Biblioteca, e intentó prevenirlo advirtiendo (sin resultado) a las fuerzas de ocupación estadounidenses. Luego lo narró en un artículo del diario británico The Independent ("Library books, letters and priceless documents...". Abril 15, 2003) que ha dado la vuelta al mundo. Dice, en parte:

"Yo mismo pude ver a los saqueadores. Uno de ellos me maldijo cuando intenté recuperar un libro sobre la ley islámica que llevaba un niño de 10 años. (…) Y los estadounidenses se quedaron de brazos cruzados. Por todo el patio en ruinas los revolvía el viento: cartas de recomendación a las cortes de Arabia, pedidos de municiones para las tropas, informes sobre robos de camellos y ataques a peregrinos, todos en la delicada caligrafía arábiga. Tenía en mis manos los últimos vestigios de la historia de Irak escrita en Bagdad. Pero para Irak, éste es el Año Cero”.

El edificio de la Biblioteca Nacional, que guardaba no sólo tesoros bibliográficos árabes como los originales de Averroes y de Omar Jayam, sino también las traducciones de Aristóteles y los testimonios de la vida civil iraquí bajo el Imperio Otomano, quedó reducido a una cáscara calcinada, dentro de la cual yace una espesa capa de cenizas de papel, papiro y pergamino.

El artículo de Martín F. Yriart arriba mencionado da voz a Fernando Báez, experto internacional en la destrucción de bibliotecas y quema de libros. Tras visitar Bagdad luego del saqueo, Baéz declaró:

"Un millón de libros desapareció en la toma de Bagdad, además de las tabletas de arcilla destruidas o robadas del Museo Arqueológico. Creo que estos dos eventos ya no podrán ser olvidados. En ambos casos es grave lo ocurrido, pero sin duda las bibliotecas sufrieron mayor daño y han sido las peor atendidas. El desastre de las bibliotecas es total, absoluto. Tampoco se salvaron los archivos. En la quema del Archivo Nacional de Bagdad se perdieron millones de documentos (…). Esto ha sido horrible. Sólo se salvó el 30 ó 35 por ciento del total de los libros de la Biblioteca Nacional de Bagdad. De lo que se salvó, una parte fue robada y hoy está a la venta. En las ventas de libros en las calles, en un bazar próximo, ante los ojos de todo el mundo, hay volúmenes que tienen el sello de la Biblioteca Nacional. Hay libros que son baratísimos. Varios manuscritos persas fueron ofrecidos en Nueva York a un anticuario de enorme fama, quien pasó el dato a Interpol. Otra parte de la colección está en la mezquita de Al Hak, donde hay más de 250.000 volúmenes que ocupan un espacio importante. Hay también libros en lugares secretos, algunos ya revelados, pero otros no saldrán a la luz por ahora".

En lo que respecta al Museo Arqueológico de Bagdad, varias fuentes afirmaron que ocurrieron dos hechos más o menos simultáneamente. Por una parte, bandas de ladrones profesionales se apropiaron de piezas históricas y arqueológicas que ya poseían comprador, aún antes de haber sido sustraídas. Por otra, masas fuera de control entraron al museo, como a otros edificios públicos, y se apoderaron de objetos de escaso valor cultural, como sillas, mesas, artefactos eléctricos, ordenadores, en una aparente "fiesta de reparto" del patrimonio del dictador. Estas acciones, dicen testigos, fueran alentadas, megáfono en mano, desde los tanques, por los intérpretes kuwaitíes que acompañaban a las unidades militares estadounidenses.

La Gran Idea que excluye a todas las demás

Con la destrucción de las antigüedades del Museo Arqueológico y la quema luego de los Archivos Nacionales y de la Biblioteca Coránica, la identidad cultural de Irak quedó obliterada. “¿Por qué? ¿Quién inició estos incendios? ¿Con qué propósito demencial se destruye esta herencia?", se pregunta el británico Robert Fisk.

El también periodista Rafael Argullol da algunas respuestas: “Que El Palacio de la Sabiduría y el Museo Arqueológico sobrevivieran a la sistemática rapiña de Sadam Husein y los suyos y hayan sucumbido, después, bajo la ocupación americana, es sintomático de la nueva visión imperial”

Cuenta Martín F. Yriart que, “en los meses previos a la invasión estadounidense, expertos internacionales e instituciones de gran prestigio como el Instituto Arqueológico de Chicago o la UNESCO advirtieron al gobierno de Washington del peligro que representaba para el patrimonio cultural de la Humanidad una nueva guerra en territorio iraquí”.

Mantuvieron reuniones, presentaron informes, ofrecieron listas de sitios a proteger; pero mientras el Ministerio del Petróleo en Bagdad fue celosamente custodiado por los marines, el Palacio de la Sabiduría ardió y el Museo Arqueológico sucumbió al saqueo.

Así, una nueva visión imperial que escribe, en mayúsculas y con letras de fuego, las iniciales de los Estados Unidos de América y sus aliados en prácticamente todos los países de oriente y de occidente.

El concepto ‘imperialismo’ ha añadido nuevas acepciones a su definición. Imperialismo norteamericano, imposición de la Idea Única. “El Imperio Francés, desde Napoleón, el Imperio Americano de hace unas décadas, simplemente hubieran incautado las obras de arte en apoyo de la Razón y la Ilustración: el Louvre, el British Museum y el Metropolitan Museum encierran las joyas de descomunales expolios” – escribe Rafael Argullol – “Pero ¿para qué quieren Bush o Rumsfeld expoliar libros o esculturas?, ¿a quién le importa la Razón o la Ilustración, aunque sea para robar?”
No hizo falta proteger El palacio de la Sabiduría, en el mundo sobran libros y Bush, como afirma Rafael Argullol, parece tener suficiente con la Biblia. “Mejor, claro está, impregnada de petróleo”.

En el pasado zarpaban barcos, ejércitos de gobernantes ambiciosos salían a luchar para conquistar, a conquistar para sumar terrenos, y países, y tesoros, a las posesiones de los gobernantes.

En el presente, la estrategia se calcula escrupulosamente. Se tiran bombas para encender las cerillas que han de acabar con lo anterior. Para hacer sucumbir al pasado, arrancarlo de raíz, e imponer un presente alzado sobre las cenizas de lo que fue y se perdió.

Quemar bibliotecas y archivos no es aleatorio. No es casualidad sino pura estrategia. Igual que en Centroamérica, los militares para acabar con los indígenas matan a sus abuelos (símbolos de experiencia y sabiduría), queman sus campos de maíz (el fruto preciado de la madre naturaleza) y esconden los cadáveres (para perpetuar el baile de los fantasmas); en cualquier otro tipo de conquista, la estrategia es también acabar con los símbolos que sustentan la existencia.

La biblioteca ardió, y el museo fue sistemáticamente saqueado, mientras los marines miraban impasibles. Los partidarios de las teorías conspirativas de la historia piensan que este atroz acontecimiento fue fruto de una mente perversa decidida a quebrar la moral de los iraquíes destruyendo los más altos símbolos de su identidad nacional.

Ante el incendio de la Biblioteca de Bagdad, palacio de sabiduría, y el saqueo del Museo Arqueológico, algunos especialistas ya han informado, con impotente indignación, de lo que hemos perdido con la catástrofe. “Por más que enumeremos listas enteras –escribe Argullol en su artículo- nada será suficiente para calibrar el valor, asimismo simbólico, de esta nueva pérdida”.

Y es que hay una cierta coherencia secreta que hermana las heridas producidos a los cuerpos y a los libros. Es la muerte de los símbolos, la victoria de lo impuesto. Y, bajo la barbarie, acaban juntándose las cenizas de unos y otros.

La historia que se ha escrito con fuego

“Sin el fuego, y sin las armas, las ideas y los fanatismos que han propagado las llamas, nuestro pasado sería muy distinto y, por supuesto, también nuestro presente”. Rafael Argullol recordó, aquel 14 de abril en que las tropas norteamericanas acabaron con El Palacio de la Sabiduría de Bagdad, el fin de la famosa Biblioteca de Alejandría.

La Biblioteca de Alejandría, la más célebre de la antigüedad, llegó a contener 700.000 volúmenes, de los cuales la mayor parte pertenecía al Bruchion, nombre del barrio donde estaba situado el edificio, y el resto se encontraba en una construcción complementaria denominada el Serapeum.

El grueso de la biblioteca fue presa de las llamas cuando Julio César, cercado por los egipcios, incendió las naves enemigas y el fuego se propagó a todo el sector portuario de Alejandría. El Serapeum fue devastado en el año 314 bajo el reinado del emperador romano Teodosio. La última y definitiva destrucción de la biblioteca tuvo lugar, dicen los historiadores, al apoderarse de la ciudad el caudillo musulmán Amrú bajo las órdenes del Califa Omar en el año 614.

En el artículo publicado en El País, Rafael Argullol analiza el por qué de tales destrucciones.
Primero, el afán de victoria que arrasa con todo: “Según las crónicas que han llegado a nosotros, los fuegos de Julio César y Teodosio forman parte de la obscena naturalidad de la guerra. Qué puede importar el precioso trabajo del bibliotecario, el meticuloso afán del archivero, el riesgo que quizás corrió el transmisor o, allá, en la lejanía del tiempo, la pasión del escritor ante la necesidad de un ataque o el despliegue de una estrategia. Creo que ningún militar – ni Julio César, escritor él mismo- cambiaría la perspectiva, por minúscula que fuera, de una victoria por la pervivencia de mil bibliotecas”

Y el otro de los ‘por qué’, la imposición de una idea por muerte de las otras: “El caso del caudillo Amrú es más interesante por siniestro: remató la Biblioteca de Alejandría porque le parecía un agravio precaminoso la existencia de otros libros que no fueran el Corán”.
“No sé si la historia es cierta –escribe Argullol- pero, si lo es, Amrú compaginó muy bien la furia arrasadora de la soldadesca con la imposición –obviamente a sangre y fuego- de esa Gran idea que excluye a todas las demás”.

¿Qué hubiera pasado si la biblioteca de Alejandría se hubiera conservado íntegra?, ¿Qué habríamos sabido si otros miles de bibliotecas no hubiesen sido quemadas?, ¿Qué fuerza nos daría leer la historia del pasado en vez de oler sus cenizas?

Rafael Argullol dice haber pensado a menudo hasta qué punto nuestra idea del mundo antiguo hubiera sido completamente distinta de haberse conservado la Biblioteca de Alejandría. Quizás los invasores de Bagdad habían también intuido las mismas respuestas; quizás también por esto los centros de documentación, las bibliotecas, los archivos, se incluyeron en la calculada estrategia de edificios a destruir.

Si no se hubiera destruido la biblioteca de Alejandría variaría drásticamente nuestra percepción de la cultura occidental. Lo argumenta Argullol:

“Lo que ahora denominamos tradición no son sino los restos de un inmenso naufragio en el que algunos libros, pocos, flotaron milagrosamente mientras la inmensa mayoría se hundió en las profundidades definitivas. Nuestro canon espiritual es en realidad la parte más pequeña del tesoro, puesto que la parte más amplia de lo que fue escrito como filosofía, como poesía, como comedia o tragedia yace en los subsuelos del olvido. Pero, además, de haber pervivido la Biblioteca de Alejandría, es muy probable que en ningún momento nos hubiéramos atrevido a separar, tan radicalmente como lo hemos hecho, Oriente y Occidente. En aquellas estanterías –hoy puramente espectrales- estaban depositadas posiblemente todas las pistas, allí estaban los caminos que conducían las ideas de un extremo al otro del mundo. El triple incendio debió de contribuir decisivamente a que los prejuicios y engaños se enredaran en nuestras raíces. Aquellos 700.000 volúmenes, con sus conexiones y complicidades espirituales, nos hubieran defendido de las tentaciones maniqueas".

El sueño de Borges

La Biblioteca de Alejandría ardió tres veces, también el Palacio de la Sabiduría de Bagdad se convirtió en escombros de olvido; se alza el testimonio más insigne de una verdad brutal: el fuego ha sido el principal historiador, el que ha escrito la historia humana de manera más determinante.

Cuenta Argullol que el escritor argentino Jorge Luis Borges, soñó con una biblioteca universal que integrara todos los libros escritos.

Debería haber soñado, también, en unas leyes universales que protegieran la vida del conocimiento.
Seguramente en su soñar Borges percibía la maldad de la estrategia del poder. Debía ser inevitable para él pensar que la pesadilla de ese sueño, el de una biblioteca universal, eran las cenizas de escritura esparcidas en un aire irrecuperable.

Los años pasan, la vida transcurre y el pasado continúa escribiéndose al esfumarse del presente. Pero la historia nos ha traído nuevas herramientas. Quizás las Nuevas Tecnologías estén redactando el definitivo plan contra incendios.

Luis Ángel Fernández Hermana, describió, en aquellos días de guerra que nadie sabe aún si han terminado, una nueva formulación de conocimientos, difícilmente aniquilables:

“La Red ha ido conformando durante una década larga un repositorio de información y conocimiento de tal tipo que no existe nada parecido para el uso particular de grupos sociales o partidos políticos, colectivos profesionales, medios de comunicación, empresas, organizaciones del tipo que sea, entidades o instituciones, o administración pública. Un repositorio construido a través de una multiplicidad de interacciones que todavía escapa a cualquier intento de clasificación o categorización y que no tiene una réplica o modelo explicativo en el mundo real. No se trata tan sólo de intercambios de correos electrónicos, visitas a páginas web, intervenciones en foros, participación en el comercio electrónico o consumo de sistemas de información más o menos maduros. Se trata, como se ha dicho muchas veces, fundamentalmente de un arco de experiencias que genera relaciones sociales innovadoras y conocimientos nuevos, difícilmente formalizables con los instrumentos cognitivos que tenemos a mano”.

(*) Documento basado en el artículo ‘El Palacio de la sabiduría’, de Rafael Argullol, publicado en El País (España), el 4 de mayo del 2003. Por cuestiones de copyright y por ser la versión digital de El País de pago, no podemos reproducir íntegramente el texto ni indicar la URL.

21:33:39

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